LOS BAÑOS DE VILLAFRANCA.

 
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LOS BAÑOS DE VILLAFRANCA - MIGUEL ESTEBAN



Los baños de Villafranca

Villafranca de los Caballeros es un pueblo de la Mancha toledana. Situado en una zona lacustre cárstica, tenía fama en mis tiempos de niño, de ser el lugar de los baños de los pueblos vecinos. Como es lógico, ni en la posguerra ni en muchos años después había otros lugares para refrescarse en estas zonas de la Meseta: O la alberca de las huertas o los baños de Villafranca. Las albercas, o lo que allí denominan “balsas”, eran pequeños estanques artificiales utilizados como depósitos de agua para regar las huertas. El problema de bañarse en una alberca era que el labrador correspondiente no la podía utilizar como actividad lúdica ya que no era bien visto, porque trabajar y divertirse no era compatible para la gente de aquellos tiempos. Así que, cuando se terminaban las faenas del verano( siega, trilla y almacenaje de cereales), los labradores ( y otros que no lo eran) se ponían de acuerdo, casi al unísono, para darse unos días de asueto en las lagunas de Villafranca. Eran unas lagunas formadas en un hundimiento tectónico, y por afloramiento cárstico de agua, donde se sedimentaban lodos de todo tipo. Las arcillas y los limos allí acumulados tenían (decían) propiedades curativas. El caso es que, o bien por la propia salud o bien por quitarse los sudores acumulados del verano y de los trabajos diarios, los labradores migueletes acudían a los citados baños. Pero no lo hacían todos. A fin de cuentas, aquello suponía un lujo que no estaba al alcance de cualquiera.. Los más pudientes iban hasta Alcázar con la “viajera” y, desde allí, se trasladaban a Villafranca. Pero lo más normal es que la familia entera tomase el carro y la mula, cargaban todo lo transportable que le sirviese para estar unos días fuera de casa, ahorrándose todo lo posible. Se cargaba en el carro desde un colchón hasta las patatas y el aceite para hacerse un “caldillo”, pasando por las sillas, mantas e incluso alguna cabra para tener leche diaria. Asimismo, llevaban la cebada y la paja, como pienso para la mula. Lo único que tendrían que pagar cuando llegasen allí, era el alquiler de una habitación (“cuarto”) que era algo así como un trozo de tierra entre cuatro paredes para poder dormir a cubierto. Como es de suponer, una zona húmeda en medio de La Mancha es proclive a los mosquitos. Así pues, a la hora de dormir, o se tapaban con la manta y sudaban la gota gorda o te sableaban los mosquitos. En cualquier caso, era un suplicio que había que asumir contentos de haber ido a los baños. Las comidas en aquel paraje eran preparadas por los propios visitantes. Para ello, se habían llevado algún conejo o gallina, con los que tenían suficiente para algunos días. Los desechos de las comidas y del sacrificio de los animales, quedaban esparcidos por los alrededores de la laguna, lo cual contribuía a dar un ambiente proenso a los insectos y roedores. Al cabo de cinco o seis días, regresaban como habían ido: con el carro y la mula, con algo menos de peso, pero lleno de ilusiones, de piel curada por el cieno o reumas remediados por las aguas salitrosas. El farolillo que llevaba el carro, solamente se colocaba para que fuesen vistos por otros vehículos, pero no para alumbrar el camino, ya que era como un candil o una lamparilla en las procesiones, protegidas del viento por los cristales. Cuando la economía familiar lo permitía, se traía algún objeto para ellos o los familiares: un botijo o una hucha de barro cocido, que aunque de poco valor, satisfacía con holgura a quien lo recibía. Aún conservo fotos de una marcha y de la estancia en Villafranca que hicimos unos cuantos amigos. Salimos por la noche, a eso de las 23:30. Había una luna llena extraordinaria y nos iluminaba el camino perfectamente. Con buena marcha y casi sin parar, cubrimos los aproximadamente 14 kilómetros de carretera que une Miguel Esteban con Villafranca, pasando por Alcázar, en 7 horas. A las 6 de la mañana, cuando el sol dejaba asomar sus primeros rayos, nos encontrábamos en un altozano desde donde se divisaba el pueblo. Descansamos. Nos sentamos y descargamos nuestros hombros del peso de las mochilas. Cuando nos quisimos levantar para emprender la marcha de nuevo, no podíamos con nuestro cuerpo. Todo eran agujetas y dolores. Antes de que el enfriamiento muscular fuese a más, y no sin gran esfuerzo, emprendimos de nuevo el camino para llegar a las lagunas en pocos minutos. Una vez allí, nos instalamos en un “cuarto” donde únicamente había tres somieres de muelles. Ahora lo recuerdo con nostalgia. La verdad es que fue una aventura agradable, acorde con nuestros tiempos y sin otro afán que pasar unos días agradables, a nuestro aire y sin hacer mal a nadie.

Ref: 1802 - Ultima modificación:08-11-2007
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