HISTORIA PASEO NOSTÁLGICO POR MI ALDEA.

 
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PASEO NOSTÁLGICO POR MI ALDEA - HISTORIA LA CARDENCHOSA


Como ya estoy un poco mayor, todos los años digo que será mi última visita a nuestras aldeas, pero luego siempre vuelvo como las golondrinas. Este año sólo estuve un par de noches, pero me quedé tan contenta sólo con verlas y hablar con algunos paisanos, aunque ya conozco a pocos y eso me apena.

Siempre que voy, si tengo tiempo, doy una vuelta por toda la aldea de La Cardenchosa, y este año, en cuanto me levanté me fui a ver el horno, aunque me quedé un poco decepcionada con la restauración que han hecho. Yo esperaba que se pareciera un poco al que yo recordaba, pero bueno, al menos los niños sabrán que allí hubo un horno, aunque no sea igual que el original. El antiguo era como una reliquia del pueblo, pues además de pan ”se cocían otras cosas” y era natural, ya que no teníamos ni ordenadores, ni televisores, ni radio, pero era bonito. Las mujeres tenían un ratito para comentar lo que pasaba en las aldeas, y los niños también. Los niños dábamos una vuelta a ver si salía nuestra rosca con el huevo o la palomita hecha de pan que nos hacían nuestras madres, tan brillante al untarla de aceite, o simplemente el bollito que luego le hacíamos un agujerito, le echábamos aceite y azúcar y tan rico que estaba. ¡Qué tiempos tan felices a pesar de todo! Estábamos todas las familias del pueblo juntas, no como ahora, uno por cada lado.

Bueno ya está, que me estoy poniendo melancólica, pero no lo puedo remediar.

Me fui la calle de la Mina abajo hasta llegar al Pilar nuevo, que está muy bien, ya que la última vez que lo vi estaba un poco abandonado. Me gustaron mucho los árboles y los banquitos al ladito del pozo. Me senté en uno y otra vez me puse a recordar: cerré los ojos y en un momento escuche la risa y las canciones de las mozas y de las que las que no lo eran, ya que el pilar y el pozo eran otro sitio de reunión para las mujeres. El día de la colada lo dedicábamos a ella casi entero. Nos poníamos a lavar alrededor del pozo. Cada una llevaba su panera, que era donde se echaba el agua, y su lavadero de madera para restregar, un cubo de zinc para echar la ropa en remojo, y una canasta de mimbre para echar la ropa limpia. (qué cargadas que íbamos). Primero se lavaba la ropa blanca con jabón que hacíamos con aceite usado y sosa caústica; se ponía enjabonada, en las hierbas, al sol, y quedaba blanquísima. Te ibas a comer, no sin antes dejarle dicho a las que quedaban que le echaran un rieguecito a la ropa blanca, pues si se secaba no se quedaba blanca, sino veteada. Dejabas la de color en remojo y cuando volvías, aclarabas la blanca y la tendías en las matas para que se secara. Entonces, lavabas la de color. ¡Ay que ver que trabajera y que día de cantes y risas, sobre todo para las mozas que no terminaban la faena hasta que el sol se iba! Se hacían las remolonas, ahora estiro esta camisa, luego aquella sábana, hasta que sentían llegar a los mozos que venían a darle agua a las bestias. Entonces todas iban al pilar a llenar los botijos y es que entre aquellos mozos venían los novios o los pretendientes de algunas, y entonces ¡todos tan felices!. Algunos cruzaban unas palabras, otros una mirada, ya que entonces sólo con eso había que conformarse. Pero era la ilusión y el amor que en todas las épocas ha movido montañas. No vayan a creerse los jóvenes que lo han inventado ellos, aunque eso sí, tienen muchas más libertad que teníamos nosotros, y eso es bonito por una parte, pero por otra no, pero bueno, cada uno vivimos nuestra juventud, como pudimos o como nos dejaron, pero yo le doy un bravo al amor, venga de donde venga. ¡Ay, ya me salió otra vez el romanticismo!.

Dejando el pilar, me fui el callejón arriba hasta la calle Sta. Teresa, que era la calle de mi abuela Isabel, y esa calle siempre me fascinó con sus peñascos que a veces me parecían un castillo y otras una montaña. Me lo pasaba muy bien allí jugando con mi prima Milagros y mi amiga Ofelia, que ya nos faltan las dos. Antes de llegar a la calle Sta. Teresa me paré un poco a mirar la cerca de mi abuela, con sus olivos, de los que creo que aún quedan tres, y que tantos buenos recuerdos me traen. En fin, cuando llegamos a ser mayores, vivimos mucho de los recuerdos, que también es bonito. Saliendo de Sta. Teresa me fui a ver si podía visitar el museo, pero como cada año, lo volví a encontrar cerrado. Y digo yo, que podían poner un letrero diciendo quien tiene las llave, pues aunque lo pregunté, nadie me dio razón cierta.

Luego me fui por la calle “de la Felisa”, ya que no recuerdo como se llama, pero que era donde vivía la persona que ayudó a tantos niños a venir al mundo. Todos recordamos a Felisa con cariño, ya que era muy buena persona. Al empezar la subida al Calvario, me encontré una fuentecita, que me pareció muy bien, para refrescarme antes de subir la cuesta. Cuando estaba arriba me entró una sensación de bienestar que no sabría explicar: respiras a gusto, miras al cerro El Misal, a la cuesta de la Adelfa y parece que estás tocando el cielo. Me senté debajo de un árbol en un banquito, donde se está estupendamente, pero otra vez los recuerdos…Me vinieron a la memoria las pequeñas eras que allí se hacían y mi prima Milagros y yo acostadas allí mirando las estrellas; mi tío Andrés con su borrico negro y de pronto me fijé en un punto, justo detrás del último banco y me pareció que allí estaba aquella yegua echada, tratando de traer su potrito al mundo, y recordé a mi querido Virgilio, sudoroso, arremangado y lleno de sangre tratando de poner al potrito en posición para que naciera y después de mucho trabajo, nació un precioso potro negro con un lucero blanco en la frente. Todos aplaudimos y él se limitó a mirarnos con una sonrisa; se lavó las manos como si lo que había hecho no tuviera importancia, y es que él era así.

Y así soy yo, que os estaré cansando, con mis recuerdos y mis nostalgias, pero quiero decirle a los jóvenes de las dos aldeas, que cuando terminen sus estudios, por desgracia tendrán que marcharse, pero que no lo hagan demasiado lejos, que puedan ir a cada instante, porque si no las raíces se van secando y les puede pasar como a mí y a tantos otros que nos fuimos; vivir siempre con la nostalgia. Perdonadme, pero me vais a permitir poneros esto que escribí cuando llevaba unos años en Barcelona y aún no me había acostumbrado a vivir allí:

“Me hallo perdida y sola
En esta inmensa ciudad
Lo digo con la nostalgia
De no tener una amistad.

Yo las tuve, creo yo
¡ha pasado tanto tiempo
Que no puedo recordar!

Los amigos si son buenos
Y los quieres de verdad
Es la cosa más bonita
Que te pueden regalar

Era yo casi una niña
Me sacaron de mi aldea
Con pena en el corazón
Yo me despedí de ella

Y allí quedó para siempre
Como un ramo de violetas,
Que aunque marchitas y secas
Su aroma siempre persiste
Como la amistad sincera.

¡Ay aldea, ay aldea!
Me dejaron sin raíces
Ya no sé si tengo tierra”.


EMILIANA LEDESMA LEÓN.

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Emiliana Ledesma León  

Ref: 19648 - Ultima modificación:15-11-2011
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