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MIS MAESTRAS - HISTORIA LA CARDENCHOSA


Hoy quiero hacerle un pequeño homenaje a todos los maestros y maestras del mundo, sobre todo a los que siguen trabajando en precarias condiciones, como hacían las mías, a las que estaré eternamente agradecida, pues aunque ni ellas ni nosotras teníamos nada para poder dar clase como Dios manda, ellas con lo poquito que tenían nos enseñaron a leer, a escribir y las cuatro reglas. Os hablo de los primeros años 40, para que os situéis.

Mi primera maestra fue Doña Rosario y digo Doña porque entonces se le decía así a los maestros. Era la maestra de parvulitos, los niños y niñas de 4 a 7 años. Lo único que hacíamos era jugar con los tacos, que eran unas figuras de madera pintada de colores, y con dos marionetas que Doña Josefa se encargaba de hacer bailar. Doña Josefa, que era hermana de Doña Rosario, era muy graciosa y siempre estaba inventándose juegos para que “sus niños”, como ella decía, no se aburrieran. En los meses de frío nos acurrucaba con una mantita, ya que casi ninguno llevaba la ropa ni el calzado adecuado para esos meses y lo único que teníamos para calentarnos era un brasero que sólo se encendía cuando algún padre hacía picón y llevaba un saco a la escuela. Un día que llovió, llegamos la mayoría mojados, porque no teníamos paraguas ni impermeables, pero ahí estaba Doña Josefa, que ni corta ni perezosa cogió a 4 o 5 niños de los mayorcitos y se fueron a Sta. Elena a por leña, con la que hizo una candela en el brasero para que nos secáramos. Ya os podéis imaginar la humareda que se lió… Su hermana le decía, muerta de risa: “Josefa, que se van a poner el techo y los niños negros” y ella le contestó: “más vale negros que muertos de frío”. Cuando volvían de las vacaciones, siempre nos traían chocolatinas y anisetes. ¡Tenían un gran corazón!. Ellas nos enseñaron las primeras letras y números y también a jugar y reírnos, que falta nos hacía después de haber sufrido una guerra.

Recuerdo también a Doña Andrea, que vino de Espiel y estuvo un año. Era alta y muy guapa. Nos sacaba de paseo y nos enseñó a jugar al balón prisionero, con una cuerda entre dos encinas y una pelota.

A los 7 u 8 años las niñas pasábamos con Doña Carmen, ¡pobrecita mía!. Fue la que peor lo pasó y la que más nos enseñó. Era de Cabra y estaba casada con don Antonio, un abogado laboralista y republicano, depurado tras la guerra, por lo que fue desterrada a la aldea. Del disgusto, mi pobre maestra enfermó y empezaron a darle unos ataques que parecían ser epilépticos, y si las mayores no estaban al tanto, se caía al suelo. Nos dábamos cuenta de que le iba a dar el ataque porque empezaba a quitarse y ponerse las gafas y a decir: “¿qué han hecho con mi marido y con mis hijos?”. Sus hijos mayores estaban en edad de ir al instituto y desde la aldea no podían hacerlo. Mi pobre maestra, con 5 personas a su cargo y un sueldo de miseria, tenía que hacer malabarismos, pero a pesar de sus penurias y su enfermedad, era una mujer muy trabajadora e inteligente. Nos enseño a hacer cuentas de multiplicar y dividir, a resolver problemas, a hacer copiados y dictados, geografía, geometría y a leer correctamente, a pesar de que sólo había 5 o 6 libros para todos. Además, por las tardes nos enseñaba a hacer vainica, punto de cruz y a las mayores a hacer encaje de bolillos.

También recuerdo que en el mes de mayo nos enseñaban versos; ¡qué bonitas íbamos con nuestro ramito para ofrecérselo a María!. Un año teníamos que representar cada niña a una flor. A mí me tocó representar al clavel, pero mi madre me dio unas galletas que servían de purgante y claro, ya os podéis imaginar qué representé.

Los niños tuvieron menos suerte con sus maestros, pues cuando llegó Don Justiniano, empezó a aplicar lo de “la letra con sangre entra” y encima mandaba a sus futuras “víctimas” a cortar la vara de adelfa al arroyo, con la cual les daba varetazos en las piernas, por debajo de las nalgas, que es donde más dolía. En Los Morenos, a mitad de los años 40, había una maestra para las niñas, pero los niños tenían que venir a La Cardenchosa, con el temido Don Justiniano. Una vez, a un niño de Los Morenos, al que “no le entraban las letras” le dio con la vara y le dijo: “si te duele, te aguantas”. El niño, ni corto ni perezoso, cerró el libro y le dio con él al maestro en la cabeza diciéndole: “y ahora, si te duele, te aguantas” y salió corriendo, siendo luego muy comentada esta anécdota por las mujeres en la fuente.

Podría contar más anécdotas, pero no me quiero alargar, así que invito a algún niño de entonces a compartir con todos nosotros, los recuerdos sobre sus maestros.

Emiliana Ledesma León.

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Ref: 19988 - Ultima modificación:18-04-2012
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