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ESOS LOCOS QUE DEJAN DE SER BAJITOS - GENTE LA CARDENCHOSA


Me parece que fue ayer, cuando la vi por primera vez a través de cristal en su capazo, con su piel arrugada. Cinco horas me tiré esperando, recorriendo el pasillo de un extremo a otro. Mientras mi mente visualizaba imágenes del pasado que se mezclaban con las del presente, de la que pronto aquel niño formaría parte con su llegada al mundo. Pero en aquel momento lo único que me importaba era Laura. Me horrorizaba la idea de que le pasará algo, claro que deseaba a nuestro hijo, pero antes que él estaba Laura, Laura. ¡Pero que burrada acabo de decir!. Tan solo pensar que nuestro hijo naciera con algún tipo de disminución aterraba.
Pensar que me había tirado quince años sin dígnarme a dirigirle la palabra. Cuando por fin empezamos a salir, y yo intentaba acercarme a ella a través de alguna caricia. Laura siempre decía.

-Señor Joan, usted no quería saber nada conmigo, pues ahora métase las manos en los bolsillos.
Yo la mayoría de las veces ante su negativa me enfadaba. En otras ocasiones las menos frecuentes acabamos riéndonos. Hasta después de casados me estuvo dando la lata con la dichosa frase. “Señor Joan si pudo esperar quince años no se muestre tan impaciente en este momento” Cuanto más se negaba, mayor era mi deseo.

La convivencia con Laura era muy fácil, lo único que le molestaba era el tener cocinar y el desborde. Así, que, por mutuo acuerdo decidimos que yo me ocuparía de la cocina y Laura de la casa. El sexo para nosotros era algo desconocido. Al principio era yo quien toma la iniciativa. Tras año y medio de matrimonio Laura comenzó a ser cómplice de dicha práctica conmigo. A Laura le entusiasmaba viajar. Nos recorrimos casi toda Cataluña. Viajamos menor de lo que Laura deseaba y más de lo que yo quería.
Nunca nos planteamos la paternidad. Los dos teníamos esa edad tonta de los treinta y tantos. Y sobrinos veinteañeros. Laura sabía mejor que yo lo que implicaba ser padres.

La víspera de San Jordi, cuando regrese a casa me encontré a Laura en el baño con un frasco de colonia cuyas gotas deslizaban por su cuerpo. Me volví loco, me adueñe de su cintura y deje sobre su rostro un rosario de besos.

-Despacito, señor Joan, -Me susurró al oído Laura.
Me sorprendió oír de nuevo aquella frase, pero en aquel momento tan sólo podía pesar en aplacar mis instintos. Laura salió de cama y pude ver como luchaba por introducirse un vestido largo, que antes se deslizaba por su diminuto cuerpo sin el menor esfuerzo y ahora se había ensanchado sensiblemente.

-¿Eres feliz? –preguntó Laura.
-Claro que sí, no hay un solo día en el no de las gracias a Dios por tanta dicha. Al tiempo que no dejo de hacerme reproches por haber prolongado tanto nuestro encuentro.

-¿Te gustaría compartir nuestra felicidad? –preguntó Laura, con voz temblorosa.
-¿Qué quieres decir? –le pregunté, algo desconcertado.
-Estoy... embarazada, muerta de miedo. Tú ya sabes que yo no fui una hija deseada. No quiero que te sientas obligado a nada, si quieres te puedes ir –dijo Laura, llorando.
En la última semana de agosto nació José. Tras una larga lista de nombres decidimos que José era el más apropiado pues iba muy ligado a nuestro encuentro. Cuando cogí por primera vez a José en brazos, pensé que por muchas desgracias que la vida me deparara aquel momento la compensaría con creces.

Con José jugué al fútbol. Nadamos juntos. Laura y yo hicimos que se fijará en todo lo que le rodeaba. En el agua, el sol, en edificios, en los números, en los nombres de calles, en colores. Laura y yo le contamos mil cuentos. Laura decidió que José fuera al jardín de infancia para que aprendiera a convivir con otros niños como lo hizo ella en su día.

Le costeamos a José la carrera que el quiso estudiar. Nuestro hijo heredó de su madre el espíritu viajero. Así, que a sus veinticinco ya había estado en Francia, Londres, Italia. En el último año de su carrera pudo conocer un nuevo continente tras visitar Japón. Yo no entendía muy bien ese trajín de viajes de José. Laura decía que sólo conociendo nuevas culturas José quedaría vacunado de convertirse en uno de los muchos defensores de la patria. Laura era mi bandera el mástil donde yo me apoyaba.

Laura había expresado varias veces el deseo de volver aunque sólo fuera por unos días, a su lugar de origen Andalucía. Nuestro hijo siempre encontraba lugares más atractivos donde poder ir. Así que durante la estancia en Japón de José decidir hacer realidad el sueño de Laura. Cuando le enseñé los billetes. Laura me comía a besos.

-Señor Joan se ha ganado una noche loca –me susurro, al oído.
-Sólo una -le reproche.
-Bueno usted ya sabe que en estos casos, la cuestión es empezar.
Una semana más tarde laura yacía en el asfalto, cuando íbamos camino de Andalucía. La estreche contra mí y por un momento recordé que hacía veinticinco años en un mes de agosto también sostenía en mis brazos a José.

Es curioso la tierra en Laura decía que tenía el tesoro más preciado por su luz y la alegría de su gente. A mí me ha envuelto en túnel más oscuro de cuya tristeza no puedo escapar.
Siento el afilado cuchillo sobre mi cuello. Imaginó los ojos desecados de José. José me culpa de la muerte de su madre.
-Mátame si con ello crees que te librarás de tu sufrimiento.
José dejó caer el afilado cuchillo. Padre e hijo se fundieron en abrazo entre gemidos.

A Ramón, a mi hermana Manoli…a Miguel Ángel por tantas cosas soso que eres uno soso, a Joan al que iré a ver cuando este mejor, al hombre que más he querido, mi padre” y a ti que estas en todas las cosas, en todos los momento, en todas las cosas…” mi hermano Antonio.

Julia Muñoz.

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Ref: 20342 - Ultima modificación:05-09-2012
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