HISTORIA UNA ESCUELA CON CLASE – UNA CLASE DE ESCUELA.

 
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UNA ESCUELA CON CLASE – UNA CLASE DE ESCUELA - HISTORIA LA CARDENCHOSA


!! Silencioooo!! … … … … … … ocho, nueve y diez. Diez segundos, no más duraba el silencio en la clase. A partir de ese tiempo todo volvía a su “estado natural”.

La escuela de Los Morenos estaba ubicada en tres habitaciones contiguas de la casa de Miguel Castillejo y Rafaela Sánchez. Le habían quitado los dos tabiques intermedios, habían tapado las puertas que daban al corredor de la casa y abierto una a la calle María Cristina, quedando totalmente desconectada de la misma. Como el nivel de la calle/carretera quedaba más bajo que la nueva puerta practicada, (un metro, aprox.) resolvieron en su día el problema haciendo unas rampas de acceso con escalones adosadas a la pared, hasta una muy pequeña plataforma a modo de terraza delante de la puerta, pero sin barandilla de retención para contener la vitalidad escolar. El concepto de seguridad no se manejaba todavía.

La clase era bastante luminosa y ventilada. Tenía tres hermosas ventanas y hacía esquina con la calle Alfonso XIII, que es una placita. Entrando a la izquierda, al fondo que daba a esta placita, estaba la mesa de la maestra, Doña Ángeles, en adelante DA, -Doña Paula de la Cruz Espada-. Las bancas, -pupitres- estaban alineadas a los laterales de la clase, dejando un largo pasillo en el centro de norte a sur. Según la posición de DA y mirando al fondo norte, a su derecha estaban las bancas de las muchachas, -“sus niñas”- y al lado izquierdo “los otros”, porque he aquí donde está todo el meollo de la cuestión y la diferencia: Esta era una de las muy pocas Escuelas Mixtas que había por aquellas fechas. Con lo perverso que eso era para nuestro desarrollo vital. Pero eso es lo que había, y el resultado ya se ve: “tos piraos”. Pero ojo, que aunque juntos no revueltos, pues eso estaba muy vigilado y, mucho más, castigado.

Como eran tiempos de prosperidad y bienestar social, según la doctrina vigente, las madres de entonces parían mucho. La escuela estaba “atestaita”, no se cuantos alumnos pero la cifra debía rondar por los cuarenta. De cinco/seis a los catorce años. Sin problemas. Pero si había uno: que no había bancas suficientes. Así que los nuevos que se iban incorporando debían traer su asiento de casa. Solía ser un corcho. Un banco hecho de corcha, que luego iba muy bien para arrastrarlo a lo largo de la clase a modo de camión ruso cargado de mineral. Pooo. Pooo. O coche. Piiii. En el fondo norte había un espacio sin bancas donde se “echaba” a la ricia, cada cual con su banco, su pizarra y su pizarrín. No es necesaria mucha imaginación para comprender lo que sería una clase así. La pobre maestra debía estar de los nervios, porque en muchos momentos los perdía. Cuando la potente voz de ¡! silenciooooo!! no llegaba al efecto diez como mínimo, se levantaba, -y siempre con tendencia hacia la izquierda- iba y repartía…ciertas dosis de tranquilidad y sosiego. Mano de santa, el silencio llegaba hasta el nivel veinte o treinta.

Había rituales y normas de obligado cumplimiento. Si llegabas a la escuela empezada la clase, en la puerta, debías decir: -Ave María purísimaaa. Y DA debía responder: -Sin pecado concebida. Caminar por el pasillo, bajo la mirada asesina de toda la clase que esperaba te aturrullaras para formar el jolgorio, y llegar a la mesa de DA y espetarle: “Buenosdiascomostausté”. Algo tan tierno y educado como esto, si todavía no dominabas el tiempo y el espacio o querías escabullirte saltándote algún paso del ritual establecido, podía resultar peligroso, pues siempre había una parejita de chivatos dispuestos a sacar partido para su regocijo cuando hubiera que repetir la suerte, pues si no lo hacías bien y la maestra se daba cuenta, te mandaba a la puerta, y a empezar de nuevo. Esta parejita, dos buenos elementos, practicaba todo tipo de felonías, tanto en clase como cuando quedaban encerrados en la escuela como castigo por su comportamiento. Pero eso será otra historia.

La maestra tenía una regla de madera de medio metro, que la utilizaba, además de para trazar líneas rectas, para enderezar tuertas conductas descarriadas. Estaba esta regla, aunque manchada de tinta, lustrosa y brillante por el uso de repartir calma sobre las duras molleras de tanto irredento masculino. Un día de farra desmesurada, perdidos los nervios y los papeles, DA se puso a repartir silencio con tanta generosidad que topó con la chorla más grande y dura que allí había: la de Juanillo el turronero. La regla saltó en mil astillas quedando esparcidas por el suelo.


En el fondo norte, además de la “ricia”, estaban los mapas donde dábamos las clases de geografía. –“España limita al norte con el mar Cantábrico/ y los montes Pirineos/ que la separan de Francia…”. Con letanía cadenciosa a modo de rap íbamos recorriendo la Península Ibérica de norte a sur. –“España se parece a la piel de un toro extendida…”. La verdad era que en el fondo, muy fondo, éramos potables, obedientes y sumisos, pues llegado el jueves, ahí estábamos todos, prietas las filas cantando el Cara al Sol, sin camisa nueva azul, pero con el brazo en alto, y la bandera que ahora llamamos la del pollo ondeando ufana asida el asta por una fémina ya mozangona. ¡! Qué bonito ¡!, qué sincronización en estos trabajos de equipo.

A media mañana salíamos al recreo un ratito. Nos abrían la puerta del chiquero y corríamos tiraos al “meaero”. Los muchachos lo hacíamos en la pared de enfrente. La pared de piedras superpuestas de la cerca de Francisco Murillo. Allí estábamos todos aliviándonos sobre el muro de las necesidades de urgencia, dejando entre el hueco de las piedras nuestro deseo húmedo y de agrio perfume. Las muchachas, como eran niñas, tenían otro sitio, claro, más íntimo. A la carrera también, por las prisas, doblaban la esquina del corral de la casa y se adentraban callejón arriba hasta encontrar el lugar que a cada una le parecía más oculto e idóneo. ¡Ojo!, que a ningún muchacho se le ocurriera asomarse a una esquina de aquellos callejones durante el tiempo de alivio.

Un trabajo en equipo también era la preparación de la leche que, generosamente, nos enviaba envasada en cilindros de madera el presidente Eisenhower. Era todo un rito su preparación. Había en la escuela una olla grande de cinc, muy grande, en la que se preparaba el blanco complemento alimentario yanqui. A media mañana DA mandaba a dos muchachos a la fuente con la olla para traer el agua, que en invierno salía calentita del caño. Ya el agua en la escuela, eran las muchachas, por supuesto, las que con desparpajo la elaboraban, a ración por cabeza. Había unas lecheras “mu guenas”, pero otras la servían con grumos sin disolver con los que luego te atragantabas. Cada cual traía de casa un vaso en una taleguilla de muselina que nuestras madres nos habían hecho, y que también servía para llevar por la tarde un cacho pan para el queso de bola. Porque por la tarde había clase con queso. Para las muchachas era clase de labores. Cosían unas, y otras bordaban sus buenos embozos y estores, auténticos primores artesanos. Ellas opositaban a conciencia para amas de su casa, y a fe que lo conseguían, pues las encuestas daban un porcentaje pleno de aprobadas. Que sí, que sí. Que las muchachas de Los Morenos eran “mulistas”.

Todos los trabajos se verían expuestos en la gran exposición que se hacía a final de curso en la misma escuela. Era todo un acontecimiento. Toda la gente pasaba a ver lo que aquellos alumnos tan aplicados habían hecho durante el curso. En una ocasión había una cuartilla con el dibujo de la bandera de España que yo había pintado con los lápices de colores que me dejaron los reyes. ¡! Jo ¡!.

La clase en invierno hay que reconocer que era …incómoda. Fresquita. En las ventanas se veían los estragos que ocasionaban los internos que, encerrados por castigo a la hora de la comida, y maniatados, purgaban su condena tras lo barrotes. Pero esa también será otra historia. Como iba diciendo, en la clase hacía frío de curar jamones, pues como alguien decía, las ventanas las podían traspasar las perdices al vuelo, el viento solano nos obsequiaba con sabañones en las orejas y manos, así que hubo que aguzar la imaginación: Había que llevar calor a clase, igual que DA llevaba su brasero. Y eso hicimos. A una lata grande de sardinas o tomates le poníamos una larga asa de alambre, y la llenábamos de brasa o picón. Ya era otra cosa, con tu braserito bajo la banca podían salir cabrillas en las piernas, pero los pies se enfrescaban menos, y cuando olíamos a goma “quemá”, era porque a alguien se le estaban asando las sandalias.

Por la tarde terminábamos la clase recitando de memoria toda aquella letanía de los conceptos de religión. Los sacramentos, los pecados capitales, las potencias del alma, etc, etc. Terminábamos agotados y afónicos. Que largo y pesado era aquello.

Durante el mes de mayo, también por la tarde, se celebraba el Mes de María, que consistía en rosarios y cantos a la Virgen. –“Venid y vamos todos / con flores a María….”. Había canciones con melodía pegadiza y no falta de calidad. –“Salve salve cantad a Maria…”. Pero aquel coro tan mixto en género y edad no afinaba mucho, más bien nada, había varios componentes bien localizados, con un sentido musical poco…trabajado. –“Toma Virgen pura / nuestros corazones / no nos abandones / jamás, jamás….”. Pues eso, que así sea.

Doña Ángeles, -Paula de la Cruz Espada- fue mi maestra, nuestra maestra. Luchó por sacar adelante su trabajo en unas condiciones muy duras. Fue una mujer muy responsable y cumplidora, y teniendo en cuenta con los mimbres que le tocó trabajar, merece mi reconocimiento. Mi recuerdo con cariño y agradecimiento ya lo tiene, y creo que merece que ese reconocimiento sea público por parte de los que fuimos sus alumnos.

Ángel Molero Chavero.

Ref: 21393 - Ultima modificación:24-09-2015
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