COSTUMBRES DE ANTAñO.

 
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COSTUMBRES DE ANTAñO - LAS MESAS


costumbres de antaño

La gastronomía tradicional de Las Mesas, se compone principalmente de platos fuertes, propios de gentes que trabajan en el campo y consumen muchas calorías. El desayuno estaba compuesto por tajadas y patatas en invierno, o tajadas y pimientos fritos en verano. Todo ello acompañado con pan y vino. El plato principal estaba constituido por diversas maneras de cocer las legumbres secas, acompañadas con patatas y las inevitables, pero sabrosísimas, tajás. El cocido, las alubias, y raramente las lentejas, se preparaban en unos pucheros ventrudos con escaso fondo y boca pequeña, rematados por la corbetera (cobertera o tapadera). Una vez llenos con todo el condumio y su correspondiente agua, se arrimaban a la lumbre, y se dejaban durante toda la mañana, hasta la hora de comer.
En el centro de la mesa se colocaba una fuente cuadrangular, de chapa de hierro esmaltado, blanca, con las esquinas redondeadas y el reborde del remate pintado con una línea de color rojo o azul.
Allí se vertía el contenido del puchero. A veces se le separaba el caldo, pero lo habitual era comerlo todo junto con cuchara. Primero el caldo, patatas y garbanzos, apartando hacia el centro las tajadas. Todos, alrededor de la mesa, comían de la fuente central. El agua en botijo y el vino en bota, raramente se utilizaban los vasos.
Los cubiertos, cuchara y tenedor, eran de madera, los muy modernos de hierro, que dejaban siempre un monótono y típico sabor a metal. Más tarde aparecieron algunos de alpaca que ya no dejaban sabor. Los cubiertos más comunes eran la cuchara para el caldo y el cuchillo para todo lo demás, aunque, generalmente, todo labrador llevaba su navaja albaceteña que, con una sola hoja cortante, era capaz de sacarle los mil usos que no dan las navajas suizas.
Las tajás se acompañaban con el pan de hogaza. En verano era corriente tomar como postre la ensalada de pepino y tomate, o simplemente un pepino pelado con sal. La fruta, aunque abundante en los árboles durante verano, no solía acompañar la comida, sino que se tomaba como refrescante en cualquier momento.
Comidas típicas eran los gazpachos, las gachas, las migas ruleras y el morteruelo, aunque el plato más socorrido era el cocido de patatas y garbanzos con tajás.
En resumidas cuentas, la alimentación no seguía una dieta muy equilibrada. Exceso de grasas animales, relativa cantidad de proteínas y fécula, con carencia casi absoluta de verduras y fruta. Solamente en la época de finales de verano y principios de otoño, se consumían en ensalada, al final del plato principal, tomates y pepinos. Las lechugas, de una variedad romana muy sabrosa que parecía estar impregnada de aceite, duraban poco tiempo. La fruta que no se comían los tordos cuervos, mirlos, gorriones o iba a parar al avío de los cerdos, se consumía a cualquier hora del día como forma para refrescar el cuerpo substituyendo a un vaso de agua.
Ya al final del otoño y principios de invierno, cuando tomates y pepinos habían desaparecido, se preparaban ensaladas con las hojas amarillentas
de los repollos. Y se comían de postre los melones y las uvas que se tenían colgados en la cámara.
El cuidado de los hijos no presentaba grandes inconvenientes. Los guachos siempre encontrábamos con qué distraernos o se nos encomendaban pequeñas ayudas en la casa. Durante las primeras etapas de la crianza, se acostumbraba a dar el pecho hasta los dos años y medio, por la creencia que así se evitaban nuevos embarazos. Los guachos correteábamos por las calles curtiéndonos con la climatología y comiendo, además de la comida de casa, la que nos ofrecían allá donde estuviéramos. El trozo de pan era algo corriente, si además llevaba mezcla mucho mejor. Para evitar la esclavitud de cambiar a los pequeños cada vez que hacían sus necesidades, no se empleaban pañales de poner y tirar. El problema estaba resuelto y con mucha economía. En cuanto el crío podía andar, si era niña se prescindía de ponerle bragas y si era niño, los pantalones tenían una abertura desde la bragueta hasta la rabadilla, que se llamaba talega. Sólo teníamos que agacharnos y dejar nuestras necesidades allá donde se nos presentaba.
La escuela funcionaba a veces, unas con maestro para niños y maestra para niñas, otras con un solo maestro o maestra para todos y muchas sin nadie que la atendiera. Eran escuelas unitarias donde todos los niveles de primera enseñanza estaban en la misma clase.
Los chiquillos también teníamos obligaciones desde muy pronto, dependiendo cada uno del oficio del padre y las chicas aprendiendo a coser y a bordar.
Llegado el momento de entrar en quintas, los mozos de cada reemplazo se apiñaban ante lo desconocido creando un ambiente de solidaridad y amistad que perduraría para siempre. Ir al servicio militar no era como ahora con acuartelamiento cerca de casa, permisos semanales y un tiempo de mili que se mide por meses. Entonces se medía por años. El destino podía ser a la otra punta de la península cuando el sorteo no obligaba a saltar el estrecho para ir a Ceuta , Melilla o Canarias. Los permisos se concedían una o dos veces al año y al cabo de cierto tiempo, y a esa edad, las transformaciones en la fisonomía solían ser notables, aunque no tanto como a finales del siglo pasado donde madres y novias no reconocían a sus hijos y novios cuando estos volvían del servicio tras tres o cuatro años sin haberlos visto. Para muchos el servicio militar era una fuente de novedades. Los había que no habían visto el mar, el tren ni la ciudad. También había quien protestaba porque le habían dicho que la mili le transformaría en hombre cuando lo que había aprendido eran faenas de mujer barriendo el cuartel. Las comidas en según que cuarteles dejaban bastante que desear, con lo que se imponía la ayuda desde casa. Cortadas de jamón, tajás y otras golosinas alegraban el estómago del quinto y algún que otro mando del cuartel. Sin embargo, las necesidades de alimentación enseñaron a no desdeñar la comida a la que se ponía pegas en el hogar.

Francisco Javier Martinez Romero

Ref: 5275 - Ultima modificación:30-05-2008
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