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MAS COSAS DE ANTAñO - LAS MESAS


Quien en el pueblo no había aprendido, por falta de maestro en la edad oportuna, a leer y escribir, podía hacerlo en la mili, y también aprender un oficio. La vuelta a casa significaba una adquisición de experiencia, la
mayoría de las veces a costa de sufrimientos, pero con ello se adquiría mayor aprecio por las comodidades de la casa, por pequeñas que fueran.
Recuerdo algunas costumbres del pueblo como la de pagar la iguala que era una práctica muy extendida para contratar algunos servicios, tales como el médico, el practicante, el barbero, tal vez la hornera y otros que he olvidado. Terminada la trilla, cada una de las personas cuyos servicios eran requeridos con regularidad pasaba por las casas de los clientes y se ajustaba la iguala para el año siguiente. La escena que más recuerdo era la del barbero. Los servicios consistían en cortar el pelo y afeitar. La frecuencia sería de una vez al mes para el pelo y dos o tres veces por semana para el afeitado. Se pagaba por adelantado, en trigo u otras especies. A cuestas venía cada profesional con un saco a la espalda, donde se vertían en él almudes y celemines de trigo según las cantidades estipuladas. El patriarcalismo, muy corriente en todos los pueblos de alrededor, había creado un sentimiento de propiedad sobre todo lo que producía el pueblo. La endogamia estaba muy implantada, por lo que cuando alguna moza era requerida en matrimonio por algún forastero, se hacía pagar a este un precio por llevarse del pueblo una oportunidad de matrimonio para los convecinos de la novia: la patente. Solía consistir en una cena para aquellos mozos casaderos que quisieran asistir. No era un acto cercano a la boda, la cual muchas veces no llegaba a producirse. Con frecuencia al pretendiente no participaba en esta comida.
Siempre se dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. Yo no se si antes el clima de Las Mesas era mejor o peor que el actual. Lo que puedo decir es que los inviernos entonces eran mucho más fríos y no sólo porque a mi me lo parezca.
Llover no suele llover mucho en Las Mesas. Los períodos intermitentes de mayor o menor precipitación, se suceden a lo largo del tiempo con una cadencia tan larga que las gentes siempre piensan que el clima está cambiando por completo. Reflexión que sirve para que algunos den vueltas a la cabeza pensando cuales pueden ser las causas de tal variación.
El aquellos tiempos de mi infancia, las nevadas copiosas y persistentes eran el pan de cada invierno. Las heladas eran capaces de congelar el agua del Taray y del Navajillo.
Recuerdo como íbamos a patinar al Navajillo y los muñecos de nieve y los dreos con bolas de nieve, como nos deslizábamos subidos en una tabla cuesta abajo por la nieve.
El alumbrado era muy pobre a 125 voltios y la mayoría de las veces estábamos sin luz por culpa de cualquier avería.

Recuerdo la iluminación la proporcionaba el típico candil de cuatro picos uno en cada esquina del recipiente, hecho de hojalata. En uno de los lados del recipiente salía una lengüeta de unos 10 cm de largo, al final de la cual había un orificio donde se engarzaba un cuadradillo de hierro
forjado retorcido, terminado en un gancho para colgarlo. La cocina, donde se encontraba la chimenea se alumbraba con las llamas del fuego que había en el hallar, el candil estaba allí, las más de las veces, como reserva, o para ir a otras dependencias de la casa.
Claro está que también había velas, pero su uso estaba destinado a situaciones momentáneas, como para ir a dormir, iluminar las necesidades a media noche o servir como fuente luminosa en los faroles portátiles cuando, por la noche, se iba de una casa a otra. ¡No!, no había iluminación en las calles, sólo la natural del Sol durante el día y, por la noche, la de la Luna, las estrellas o los relámpagos.
El agua había que sacarla del pozo o del aljibe, quien la tuviere, quien no tenia que ir al pozo nuevo que está a las afueras del pueblo por el Toledillo. Esta faena normalmente la hacían las mujeres cargadas con cántaros. Una vez los cántaros en casa, se colocaban en las aguaeras y el agua era cuidadosamente dosificada. Las manos se lavaban en la palangana y el agua servía para más de una vez. Para la cara siempre se ponía agua limpia. El agua sucia del lavabo o palanganero, que tenía al lado una jarra siempre llena de agua limpia, servía para regar los tiestos o el irregular suelo de yeso o tierra antes de barrerlo. La poca vajilla ensuciada se fregaba en un barreño o una lebrilla. Las mujeres siempre agachadas boca abajo y con el trasero levantado, fregaban en el suelo o, a lo sumo, colocando el barreño en algún peldaño de la escalera. Sólo el agua de la fregada se tiraba a la calle o a la cuadra. Para lavar la ropa las mujeres tenían que desplazarse hasta el río.
Las carreteras eran pocas y no en muy buen estado, claro que tampoco había muchos coches. Algún que otro seiscientos, mil quinientos y los citröen dos caballos. Había dos furgonetas para llevar pasajeros a Socuéllamos para hacer las compras de productos que no se podían adquirir en el pueblo. Para ir a Cuenca estaba la Rápida y algún que otro taxi para ir a Madrid. Otros se desplazaban en bicicleta o en moto y el resto a lomos de la mula o el burro, o en el carro.
Los machos se aparejaban poniendo sobre su lomo una especie de lona llamada sudaor, encima del cual se ponen unas mantas y, sobre ellas asentaban la albarda que se sujetaba pasando la cincha por debajo del animal.
Sobre la albarda se ponían los distintos serones para diversos usos, las aguaeras, y directamente las cargas de leña, los haces de mies o sarmientos. Los haces se sujetan sobre los palos que, para este fin, se fijan a la albarda, y se atan con unas cuerdas muy largas, llamadas acarriaeras con las cuales se iban atando los distintos haces. Sujetados los cuatro primeros, dos a cada lado, se iban añadiendo los siguientes encima, y alrededor, atándolos cada vez con la acarriaera.
La cabeza del animal estaba metida en una especie de entramado de cuero, llamado cadena o cabezada provisto de una pieza cuadrangular a cada lado a la altura de los ojos: las antojeras (anteojeras), colocadas
para evitar que las caballerías vieran por los lados y se espantaran ante movimientos de objetos desconocidos.
A la altura de las fauces, por debajo de la mandíbula inferior, y en uno de los lados de la cabezada, se alojaba una anilla donde estaba sujeto uno de los extremos de la serratilla. Del otro extremo de esta pieza arrancaba el ramal que, a su vez pasaba por una anilla gemela al otro lado de la cabezada.
La serratilla era una pieza curva, dentada en la superficie enfrentada a la quijada de la caballería, de modo que al estirar del ramal, los dientes se incrustaban en la carne del animal, obligándolo a parar o dirigirse hacia donde se le estiraba.
En el pueblo había solares sin construir que estaban rodeados por una tapia de altura variable que, por algunos sitios, permitía el acceso al interior. Estaban llenos de piedras, cardos y todo tipo de maleza. A la parte interior de sus tapias, creyendo que nadie las veía, acudían algunas personas para aligerar sus intestinos, huyendo de las cuadras.
Las eras eran superficies repartidas alrededor del casco urbano. Se caracterizaban por su situación estratégica para recibir el máximo de viento que soplaba en el mes de agosto. El suelo era de arcilla roja, tipo montmorillonita, que se hincha y resbala cuando está empapada con agua y se agrieta por la sequía. Durante la mayor parte del año, casi todas las superficies de las eras lucían un precioso tapiz verde que, como un césped bien cuidado, invitaba a los mozalbetes para que se revolcaran en él. En verano se convertía en una plataforma dura y bastante lisa sobre la que se trillaba.

Francisco Javier Martinez Romero

Ref: 5320 - Ultima modificación:03-06-2008
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